MERLO PARA IR CON CHICOS

29 de Diciembre de 2010

Cinco días, dos autos, dos familias y un objetivo: llegar a la conocida villa puntana para vivir ese destino serrano con chicos de edades distintas. Un día para ir y otro para volver y el resto, a pura sierra y sol.

MERLO PARA IR CON CHICOS

Partimos en alegre montón con los primos de mi hijo Félix (3), Manuel (5) y Sol (7), más sus padres, mi marido y Valeria, la fotógrafa.

Casi 800 km separan Buenos Aires de Merlo, distante 250 km de Córdoba ciudad y 190 de la capital puntana. La idea era hacer el viaje de un tirón, salir por Panamericana a la RN 8 dirección a Río Cuarto; aquí, empalmar con la RN5 hasta la localidad de Achiras y seguir por la RP1, que une San Luis con Córdoba, por una prolija autopista. Así lo hicimos.

Ruta, cabañas y zorros

El trayecto se cubrió en diez horas y a los niños ni se los oyó respirar, gracias al reproductor de DVD portátil, a una mochila llena de juguetes y mucho lápiz y papel para cuando se agotaban los otros recursos lúdicos. Las únicas paradas fueron las técnicas: almorzar, ir al baño, tomar café, comprar insumos propios de los viajes (caramelos, leche chocolatada y galletitas para la merienda).

Eran prácticamente las ocho de la noche cuando cruzamos el portal de bienvenida de la provincia de San Luis.

Sol, que no recordaba haber visto montaña alguna (ni siquiera cuando sus papás la llevaron a esquiar a  Bariloche: normal, tenía dos años), saltaba como loca en el asiento del auto, gritando: “¡¡¡Nooooo, las más altas montañas que vi en mi vida!!! A esa hora, apenas comenzaban a proyectarse las primeras estribaciones de la Sierra de los Comechingones; apenas entramos en la villa de Merlo, Sol rectificó el dato anterior (¡¡¡Nooo, la segunda más grande!!!), mientras todos nos matábamos de risa. Era evidente que la altura de la serranía –que llega a los dos mil metros sobre el nivel del mar– le pareció demasiado para su tamaño.

A las 21:30 llegábamos a nuestra ansiada morada: las cabañas de Altos del Sol, ubicadas en un de los barrios residenciales más lindos, llamado Parque Los Nogales. A dormir se dijo y hasta la mañana siguiente nadie se percató del lugar en el que estábamos; el complejo, emplazado en una loma, se privilegia de una ubicación excepcional, puro monte y verdores alrededor, con las sierras abrazándolo. Ya pueden imaginarse la catarata de entusiasmos que estas imágenes despertaron en la pequeña Sol…

A partir de ese momento, el disfrute prometió ser duradero; cada familia sacando provecho de las comodidades de su cabaña, del precioso jardín florido y perfumado de lavandas, y de pileta cubierta recientemente inaugurada.

Muy cerca de los Altos se encuentra el Chumamaya Country Club,  el primer country local convertido en el sitio más exclusivo de la zona. Pero lo más importante del emplazamiento de este complejo es su practicidad, ya que está cerca de todos los accesos a los principales puntos turísticos de los alrededores.

La oscuridad caía sobre el complejo y, al rato, un grupo de zorros pequeños solía rondar por el parque: fue la gran diversión de los niños antes de irse a dormir. La primera noche, no hubo manera de mantener a los infantes adentro; los tres salieron disparados, dispuestos a perseguirlos, olvidándose del hambre y del sueño. Pero como la habilidad del zorro es ser rápido y muy escurridizo, los chicos tuvieron que aceptar que no podrían atraparlos y volvían al abrigo de la cabaña, igualmente extasiados. “Parece un cuento”, se le oyó decir a Manu en una oportunidad, yendo detrás de un animalito que desapareció detrás de un arbusto.

Por abajo y por arriba

En la mesa y mientras desayunábamos el primer día, convinimos en hacer algo relajado a modo de adaptación. No era cuestión de andar llevando a los chicos de un lado a otro; tenían la piscina y además nos tocó un tiempo de calor que agradecimos, el otoño llegaba con retraso y el plan de distraerlos resultó un acierto.

Organizamos un almuerzo frugal delivery mediante. Unas empanadas caseras, gaseosa y después del café, a la calle. Plano en mano (que nos habían dado en la oficina de turismo, en la entrada de la ciudad), recorrimos relajadamente la avenida principal de Merlo, la Avenida Del Sol. Ésta conduce al centro desde y hacia los barrios altos, rodeada de restaurantes, parque de diversiones, casas de artesanías y todo tipo de servicios en locales, que hacia la sierra son más modernos y cancheros.

Del otro lado de esa arteria, se abre la zona más antigua. La Avenida Norte sigue hasta el paraje llamado Piedras Blancas, así llamado por las piedras de granito blanco, típicas del lugar. Este barrio residencial está divido en dos: arriba y abajo. Nosotros encaramos hacia Piedras Blancas (abajo), pero antes hicimos una parada en el parque recreativo municipal, sobre la avenida San Martín, para conocer los dinosaurios que están en el acceso principal de este predio; estas figuras parecían enormes juguetes, y los pequeños caminando entre sus patas gigantes, parecían aún más diminutos.

Nos costó trabajo sacarlos de allí, con ganas de probar los otros juegos, un tanto vetustos.
Seguimos por la Avenida Norte, que conecta con los pueblos cordobeses de Traslasierra – empalma con la RP1, asfaltada hace muy poco– y con el famoso algarrobo abuelo: un ejemplar grandioso que, aseguran, tiene más de 800 años. Por la avenida seguimos para llegar a la propiedad de la familia Buquet, el Establecimiento Merlín, una extensión de 60 hectáreas con olivos y un harem de llamas. Eduardo, su mujer Alicia y la hija de ambos, Alicia, reciben la visita sólo de pequeños grupos, que es gratuita y se puede realizar de 15 a 18 horas. Aquí se dedican a la crianza de estos camélidos lanudos y cosechan las aceitunas que luego van a Mendoza para la elaboración de aceite de oliva. Este producto vuelve a la propiedad y quien quiera comprarlo, puede hacerlo aquí mismo.

Para Félix fue la gran diversión ver cómo las llamas hembras escupían al macho que intentaba molestarlas continuamente, y no paró de reírse.

El paseo en Merlín terminó con una degustación de aceitunas y del muy recomendable aceite de oliva. Resultó ser un programa genuino y sencillo, en un entorno acorde.
San Luis es la única provincia argentina que tiene una hora atrasada respecto a las demás, ya que su gobernador considera que ése es el verdadero huso horario del país. O sea que aquí, en estos días, oscurece más temprano. Alrededor de las 18:30 ya se está haciendo de noche.

Con la negrura trepamos en dirección a Piedras Blancas (arriba); retomamos la Avenida Norte y en el cruce con la de Los Incas seguimos por ésta hasta que termina el asfalto. Los niños no se conformaron con las botellitas de agua y las galletitas que las mamás llevábamos en las carteras; entonces decidimos ir a una casa de té, también llamada Merlín, un clásico en la villa. Pocas mesas, tortas riquísimas servidas en raciones generosas (compartimos siete porciones entre ocho y nadie necesitó más)  y un sendero rodeado de espinillos –que los niños decidieron explorar en plena oscuridad– bajando hasta un arroyo pequeño. “El bosque es muy pinchudo” dijeron, súper excitados, cuando subieron a tomar el té. Su dueño, Mario Scardapane, se instaló en ese paraje hace más de 16 años, cuando Merlo no era la ciudad que es hoy; por entonces tenía 4 mil habitantes y hoy llegan a 20 mil.

Previa reserva, la mujer de Mario –Silvia– se aviene a cocinar algunos platos ya sea para la noche o al mediodía. Unas carnes con tomillo y salvia por ejemplo, y no mucho más. La cena se sirve a la luz de las velas.

Si va de día, el paseo es muy pintoresco; la esquina de la biblioteca José Hernández frente a la pequeña capilla de Nuestra Señora de Fátima es lo más representativo del paraje.
Regresamos pipones y una vez en la cabaña, sólo una rica sopa, yogurt y frutas fueron suficientes para mandar los niños a la cama.

Un trencito singular

Cumplido el rito del desayuno, decidimos enfilar hacia parajes más agrestes a los que conducen caminos aún sin asfaltar. Encaramos hacia la Avenida Mercau, que sigue la ruta que conecta con los pequeños poblados del sur. Pasando la localidad de Cerro de Oro, camino a  Carpintería, en paraje Los Cocos, llegamos al campo de Pablo y Gertrude –Trudy– Jäckel para pasear en un trencito que tienen en su propiedad. Ambos son rubios, altos y tesoneros, hijos de alemanes; se empeñaron en trazar un recorrido de trocha angosta por la sierra en un área de 250 hectáreas, y lo lograron. Tuvieron que desmontar, allanar el terreno a pico y pala, mover piedras, trasladar los tramos de rieles (de seis metros) que pesan entre 75 y 85 kilos, en fin, todo lo hicieron ellos, a pulso. Los Jäckel comenzaron esta obra en 1993 y cinco años más tarde ya tenían listos 600 metros de vías.
Al año habían agregado 200 metros más y para 2005 quedó listo el tendido completo. Para las piezas de mecanizado y la locomotora intervinieron amigos, parientes y otras personas.

El recorrido cubre, ida y vuelta, 1.110 metros. La locomotora es alimentada a batería y arrastra tres vagones, uno cubierto y los otros dos abiertos, ideales para apreciar entre la espesura los diferentes tipos de vegetales. Chilcas, mollares, espinillos y otras hierbas.
El programa concluye con un riquísimo desfile de tortas caseras y apetizers en el living de los Jäckel, compartiendo los relatos de su proeza, mientras los niños corretean felices por el jardín que cuida Trudy, también apasionadamente.

De nuevo en la ciudad

Consumado un frugal almuerzo de sándwiches y ensaladas en el centro, tratamos de aprovechar la tarde  trepando el  camino al Mirador del Sol, por el camino que sale desde la Avenida Mercau hacia la Avenida de los Césares, llegando a Rincón del Este, por donde se toma la RP5. Había sol y los niños ni por pasteles quisieron seguir viaje; decidieron volver a los juegos (del parque de diversiones de la Avenida del Sol) y a la piscina del complejo. Valeria (la fotógrafa) y yo, aprovechamos para hacer una recorrida por los alrededores en busca de novedades en materia de hoteles y servicios.

Quisimos capturar los últimos momentos de la tarde desde el mirador, un punto panorámico que está sobre una vieja ruta conocida como La Calera. Siguiendo esa ruta que tiene pendientes muy pronunciadas y camino serpenteante que conduce al Mirador de los Cóndores; desde despegan los amantes del parapente con sus coloridas velas. También hay una confitería con una vista aérea increíble, que no llegamos a apreciar porque la noche nos alcanzó enseguida.

De regreso por la RP5, nos encontramos con la grata sorpresa de la sucursal merlina de La Olla de Cobre, la chocolatería de San Antonio de Areco de la que LUGARES es fanática. Carolina Gabba, siguiendo la tradición familiar abrió, con su pareja, Nillo Flores, este coqueto lugar hace apenas cuatro meses. Sobre un antiguo mostrador se despliegan chocolates y los alfajores –sublimes– que ya alcanzarán popularidad. Es cuestión de tiempo, como sucedió con la casa matriz.

Luego nos reunimos con el resto del grupo y nos fuimos a comer a Reina Mora, una de las novedades de la villa, inaugurada en diciembre. El restaurante está a cargo de un joven matrimonio de Buenos Aires, Julia Grebnicoff y Ariel Olivera, que cocinan muy bien las carnes al disco y  al horno de barro. Fueron platos para compartir, y el volcán de chocolate resultó un dulce inolvidable para los niños, que lo devoraron en segundos.

Una escapada más al sur


Como despedida quisimos pasar un día a puro campo y conocer El Adobe, restaurante que abrió hace un año. Encaramos la RP1 para llegar a la localidad de Cortaderas, a 17 km de Merlo. El lugar está a cargo de Giorgio Fabricio, chef porteño instalado en la villa y convertido en un referente de la nueva cocina local. En una zona rural, esta antigua edificación de adobe aparece rodeada con juegos inflables, sulkys, caballos y animales de granja. En temporada baja sólo abre los fines de semana. Se come con buena vajilla en un espacio ambientado con muebles rústicos, muy cálido. El menú incluye pollo al disco y trucha de la zona (hay criaderos en los alrededores) y a la noche hay fondue.

Cortaderas está en un llano y no tiene grandes atracciones. A sólo un kilómetro, un camino asfaltado conduce hasta Villa Elena, en un paisaje serrano. Ubicada en una quebrada, abundante de frondosa vegetación, descubre el atractivo de sus saltos de agua y arroyos cristalinos; es un refugio ideal para hacer un alto entre las enormes piedras, cuyo color parece por momentos virar del blanco al rosado. Aquí nos quedamos a pasar la tarde, deseando que no se acabara, para descansar entre el murmullo del agua, tomar unos mates y contemplar a los pequeños que correteaban, disfrazados de héroes: Superman y el Hombre Araña intentando rescatar a la princesa Campanita, atrapada entre las piedras del arroyo.

En esta villa hay algunas hosterías, sin grandes lujos, y además ofrecen excursiones guiadas a la quebrada y los saltos.  

De regreso a la cabaña, los niños terminaron de liquidar sus energías en el parque de diversiones. Apenas si hubo tiempo para prepararles unos fideos con manteca, que comieron casi dormidos y con el último aliento cayeron planchados. Los grandes hicimos lo propio, pero antes nos dimos el gusto de devorar, tranquilos, una nutrida tabla de productos regionales a modo de despedida.

Por Julia Caprara
Fotos de Valeria Bellusci

Publicado en Revista LUGARES 158. Junio 2009.

FOTO: Los chicos se divierten con los dinosaurios del Parque Recreativo municipal.
FUENTE DE TEXTO Y FOTO: LUGARES DE VIAJE


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